Algunas personas necesitan sentirse valoradas constantemente para poder respirar y se convierten en víctimas de la dependencia emocional, un trastorno que, actualmente, ocupa entre el 7 y el 10 % de las consultas al psicólogo.

Marta está muy preocupada por lo que piensan sus amigas; Pedro no soporta cualquier pequeña derrota en el trabajo; Ana no puede vivir sin tener a un hombre al lado y Paco, aunque tiene cuarenta años, necesita recibir siempre la aprobación de su padre.

Son algunos de los casos que se encuentra en su consulta Paloma Carrasco, psicóloga en el Hospital Quirón Sagrado Corazón de Sevilla, y que, según explica, están relacionados con una baja autoestima y una importante carencia afectiva.

“Todos necesitamos amor, no es que el ser una persona segura y autónoma me haga prescindir de los demás, ni mucho menos”, comenta la psicóloga, quien puntualiza que, de hecho, “solo viviremos plenamente y seremos felices, amando a los demás”.

La cosa cambia, según la experta, “cuando voy por el mundo mendigando amor”, ya que, probablemente, “me encontraré con las migajas, con los restos caritativos que alguien me dé”.

“Esa mentalidad enfermiza hace que me conforme con cualquier cosa, sea buena o mala, y me olvide de mí, no en un alarde generoso de amor verdadero, sino en un ‘con tal de que estés a mi lado aguantaré lo que sea'”, relata.

La psicóloga Olga Castanyer, que acaba de publicar Sin ti no soy nada, un libro para superar las dependencias afectivas, sintetiza este problema como la conducta que lleva a una persona a situar la fuente de su autoestima y bienestar en el exterior, sin confiar en sus propios criterios. “Los otros son más grandes, más atractivos y, aparentemente, no tienen problemas”, bromea.

Asegura que la persona dependiente les da poder para que, con su actitud hacia ella, “le hagan sentirse válida y digna de ser querida” y, por ello, estará continuamente buscando su beneplácito.

“Mientras que las opiniones, los criterios y los sentimientos de los otros son muy importantes y marcan la relación, los suyos no son dignos de ser escuchados ni respetados por ella misma”, apostilla.

Ambas autoras coinciden en que si vas llamando en todas las puertas a la desesperada, puede que el día que te abran te enganches y acabes esclavizado por tus propios sentimientos, sufriendo mucho.

Maduros para amar

Carrasco apunta que se hace indispensable la “madurez para amar” puesto que muchas veces se habla de estabilidad en las relaciones y ésta es imposible “si yo no la he encontrado antes en mi vida”.

“No hablo aquí de estabilidad emocional en el sentido de la salud mental, sino de un estado interior más profundo, que se alcanza cuando a partir del conocimiento sincero y real de nosotros mismos, nos aseguramos de qué es lo verdaderamente importante”, alega.

Las personas que te encuentres, indica esta especialista, irán aportando, completando tu vida, pero no podrán suplir una necesidad básica: “no deben llenar huecos o agujeros dolorosos”. Así, afirma que “si tenemos la suerte de sentirnos completos y satisfechos, realizados, antes de comenzar el camino de una relación, todo será más sencillo”.

Quienes “viven” de la aprobación de los demás, de obtener un resultado a su rendimiento y esfuerzo o de ser valorado, el que se hunde cuando no se cubre esa necesidad, depende demasiado del exterior y su autoestima no es buena, apostilla Castanyer.

Suelen repetirse así mismos cosas como “soy un desastre” o “todo me sale mal” y sienten con frecuencia emociones desagradables como culpa, inseguridad, vergüenza y tristeza. Si se les pregunta qué necesitan para sentirse bien, la respuesta siempre pasará por sentirse valorado por alguien o por triunfar en algo.

“¿Sabes lo que diría una persona que tuviera su autoestima al cien por cien?: ‘para sentirme bien conmigo mismo, no necesito NADA'”, remarca. Es por ello que cuanto más alta se tenga la autoestima, menos refuerzo externo se necesitará para mantenerla.

Frente al “sin ti no soy nada” las herramientas con las que trabajan los psicólogos son cuidar de nosotros mismos, afirmar nuestros derechos, hablarnos de forma confiada, creernos únicos -porque lo somos-; poseer unos valores propios y elegir qué camino tomar en vez de dejarnos llevar por los demás.

Como resumen, Castanyer refiere las palabras de Rabindranath Tagore: “Si echo mi misma sombra en mi camino es que hay una lámpara en mí que no ha sido encendida”.

EFE

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