Tripofobia

Arnold Wilkins es el primer científico en estudiar las sensaciones que pueden desencadenar los conjuntos de círculos en algunos sujetos, y sus conclusiones están pendientes de revisión para ser publicadas en la revista “Psychological Science”.

“El miedo a los agujeros es una fobia común pero poco reconocida”, admite Wilkins; “los afectados generalmente no buscan ayuda profesional para este problema, incluso aunque llegue al extremo de interferir con su vida diaria”, reconoce.

En los estudios que ha llevado a cabo hasta la fecha, hasta el 16% de los casi 300 sujetos entrevistados admite su fobia a los conjuntos de agujeros (como los troncos de árbol apilados o por donde sale el agua en la ‘alcachofa’ de la ducha). De momento, sin embargo, el trastorno no está ‘oficialmente’ reconocido en el manual DSM (la biblia de cabecera de los psiquiatras en todo el mundo) y son muchos sus colegas dubitativos al respecto.

El profesor Wilkins explica que algunas fobias tienen su origen en una mala experiencia (por ejemplo, si te muerde un perro); otras tienen un carácter innato (“como en el caso de las serpientes, que pueden dar miedo por su coloración o movimiento, incluso aunque no hayamos tenido una mala experiencia previa”, aclara).

En el caso de los agujeros, sin embargo, el origen parece ser un poco distinto: su teoría indica que esta fobia tiene un cierto carácter evolutivo, que predispone al ser humano a evitar ese tipo de círculos con textura porque nuestro sistema visual los identifica como potencialmente peligrosos. Una idea que comparte José Manuel Alemán, vocal de la junta directiva del Colegio de Psicólogos de Las Palmas: “Algunas fobias están relacionadas con la repulsión, la enfermedad, el daño físico… y es posible que por una cuestión evolutiva algunas personas sientan rechazo a este tipo de texturas”, explica.

En los estudios que Wilkins ha realizado en Essex, junto a Geoffrey Cole y An Le, ha observado que las imágenes que despiertan una reacción de disgusto en el 2%-5% de la población suelen ser círculos con una cierta textura (no completamente planos) y con mucho contraste sobre el fondo. “Estas características permiten una identificación rápida de lo que puede ser peligroso (como el estampado de una serpiente o una planta venenosa)”, aclara sobre su hipótesis evolutiva. Aunque el doctor Jesús de la Gándara, jefe del servicio de Psiquiatría del Complejo Asistencial de Burgos, sugiere la posibilidad de que algunos de estos patrones visuales, muy esquemáticos, produzcan la estimulación de ciertos grupos neuronales concretos; “estaríamos quizás más ante un fenómeno de neuropsicología, que ante una fobia específica”, aclara.

Via: El Mundo.es

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