Una inyección de anestesia local en el cerebelo permite a una variedad de peces anaranjados muy comunes en las peceras domésticas vencer sus miedos, lo que abre perspectivas para combatir las fobias irracionales en los humanos.

El estudio de Masayuki Yoshida y Ruriko Hirano, profesores de la universidad de Hiroshima (Japón), reveló el efecto de la lidocaína sobre esa región del cerebro, que se cree que está relacionada con el desarrollo de nuestros miedos.

Aunque en el caso de los peces el efecto de la lidocaína sólo fue temporal, ya que éstos volvieron a tener miedo cuando el anestésico se disolvió, los científicos opinan que “algún día nuestras fobias irracionales pueden convertirse en algo del pasado”.

El estudio

El experimento, para el que se tomó como referencia el pez rojo (Carassius auratus), consistió en provocar miedo a varios ejemplares ante el foco de una luz dirigida a sus ojos, acompañada de una descarga eléctrica de bajo voltaje.

Los peces aprendieron a asociar esa luz con el susto sufrido por las descargas, que provocaba una ralentización de su ritmo cardiaco, una reacción típica de los peces ante las fuertes impresiones o adversidades que contrasta con la de los humanos, cuyo corazón tiende a acelerarse.

“Los peces de colores que utilizamos en nuestro estudio pronto se hicieron miedosos al foco de luz pues, les diéramos o no la descarga, habían aprendido a esperarla”, como lo demostró el descenso de los latidos de su corazón, afirmó Yoshida.

Sin embargo, los peces a los que previamente se les había inyectado lidocaína en el cerebelo presentaron índices cardiacos estables y no mostraron ningún miedo cuando se les apuntaba con la luz.

De acuerdo con los científicos japoneses, los humanos también podemos ser “entrenados” para hacernos miedosos, y los condicionantes en nuestra infancia y desarrollo temprano pueden explicar muchos comportamientos como la fobia a las arañas y a las alturas o el miedo a volar.

Dado que el cerebro de estos peces comparte grandes similitudes con el de los mamíferos, entre ellos el de los humanos, se espera que posteriores estudios puedan despejar pronto las incógnitas sobre los procesos biológicos y químicos que causan el miedo.

El estudio fue publicado en la revista Behavioral and Brain Functions.

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