El buen ánimo depende, desde el punto de vista físico, de dos componentes: 1) una alimentación adecuada y 2) un bajo nivel de estrés. Si faltan nutrientes o el estrés es alto, se produce un brusco descenso de la serotonina cerebral que genera tensión, inquietud, desgano, malhumor, irritabilidad y aumento del impulso de comer o tomar alcohol.

El cerebro produce la serotonina a partir del aminoácido triptofano, que ingerimos con los alimentos de nuestra dieta. Investigaciones del Departamento de Nutrición y Ciencias de los Alimentos del Massachusetts Institute of Technology mostraron que el consumo de chocolate por las personas estresadas o deprimidas es la vía más rápida para crear niveles suficientes de triptofano en la sangre, y así el cerebro producir la serotonina que falta. Entonces, la necesidad de comer dulces se parece bastante a la sensación de sed cuando falta agua en el organismo.
Chocolate

Al amanecer, la serotonina está muy elevada y por eso al despertar no nos apetece un plato de fideos ni un chocolate ni un helado. Pero a medida que el día avanza, la serotonina disminuye y cerca de las cuatro de la tarde presenta un descenso brusco. Desde ese momento, es habitual que las personas experimenten sensaciones de angustia, “bajón” y nerviosismo, que las hace más propensas a ingerir chocolate o dulces. Por esta razón y aun sin tener hambre, la persona los ingiere.

La elevación de la serotonina después de comer el dulce confiere alivio y cierto placer. Sin embargo, una vez que la serotonina se elevó, la persona no entiende “por qué comió tantos dulces”.

El chocolate contiene además otros productos químicos que ejercen acciones antidepresivas, como la cafeína y teobromina. También posee feniletilamina, una molécula estimulante similar a la anfetamina. A esto hay que agregar que es rico en magnesio, cuyo descenso se relaciona con la tensión premenstrual y la tendencia en las mujeres a comer chocolate en esos días del ciclo.

En 1992, R. Mechoulam, investigador de la Universidad de Jerusalén, identificó en el cerebro una sustancia que bautizó anandamida, idéntica a la que posee la marihuana (en sánscrito, ananda significa embeleso o arrobamiento). El chocolate también posee cantidades importantes de anandamida, responsable de la sensación de distensión y de relajación que obtiene quien lo ingiere. Y, especialmente, de la adicción al chocolate.

Al comer chocolate, de manera paradójica se siente hambre rápidamente, porque los niveles de azúcar son “barridos” de la sangre por el exceso de insulina que genera el propio chocolate. Se produce en consecuencia hipoglucemia (bajo nivel de azúcar en sangre), que inducirá a la persona a comer de nuevo y continuar así el círculo vicioso.

Esta es una de las razones por la cuales el chocolate no es un “buen” antidepresivo, ya que —además del efecto fugaz— su consumo excesivo produce sobrepeso y un importante aumento de las grasas en la sangre.

En resumen, la tendencia a comer chocolates o dulces de manera intensiva es el reflejo de deficiencias neuroquímicas en el cerebro. Al comer chocolate se activan reacciones que suben los niveles de serotonina, mejorando transitoriamente el estado de ánimo y la conducta.

Toda persona —de cualquier edad y sexo— que ingiera chocolates en cantidades significativas puede padecer de un cuadro enmascarado de estrés o de depresión. En la actualidad, existen análisis de sangre y de orina para medir el nivel de serotonina y hacer un correcto diagnóstico y recibir una adecuada terapéutica.

Via: El Clarin

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