Un hecho tan habitual como el de suministrar paracetamol a los niños tras ser vacunados para evitar las reacciones adversas reduce significativamente la eficacia de la vacunación

Un equipo de investigadores de la Universidad de Defensa (Hradec Kralove, República Checa) ha constatado que el recurso a este medicamento como “profiláctico” para prevenir la fiebre tras una vacunación rutinaria no sólo inmuniza a los pequeños contra la alta temperatura corporal, sino que también impide la formación de anticuerpos, objetivo principal de la vacunación.

Para llegar a esta conclusión, el equipo dirigido por el profesor Roman Prymula realizó dos ensayos clínicos, el primero de ellos con niños en edad de recibir sus primeras dosis contra la hepatitis B, difteria, tétanos, tos ferina, polio, rotavirus y el Haemophilus Influenza B, bacilo causante de la meningitis, entre otras enfermedades.

El segundo ensayo, por su parte, estuvo protagonizado por jóvenes que recibieron el “recordatorio” de esa vacuna.

Los sujetos fueron asignados de forma aleatoria al grupo experimental, en el que los pequeños recibieron una dosis “preventiva” de antipiréticos cada seis horas durante las 24 horas posteriores a la vacunación, o a un grupo control, que no recibió ninguna medicación.

Los investigadores observaron que el número de niños con fiebre por encima de los 38 grados era mayor en el grupo en que no se había suministrado paracetamol en los dos ensayos.

Sin embargo, comprobaron también que este efecto en principio positivo para la salud de los pequeños provocaba una reducción en el número de anticuerpos que su cuerpo era capaz de generar contra estas enfermedades.

Según los autores, se trata de la primera vez que un estudio documenta el efecto de los tratamientos post-vacunación en la creación de anticuerpos.

Así, explican que la efectividad del paracetamol a la hora de reducir los efectos secundarios de las vacunas se debe precisamente a eso, a que neutraliza la actividad de la dosis de virus suministrada.

El estudio se publicó en la revista británica The Lancet.
EFE

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