La ducha matutina puede regarnos con algo más que agua fresca, según un estudio publicado hoy, que asegura que los cabezales de ducha son un nido de bacterias potencialmente dañinas para los sistemas inmunológicos más débiles.

Un grupo de científicos de la estadounidense Universidad de Colorado llegó a esta conclusión tras analizar 45 cabezales de ducha procedentes de 5 ciudades y 4 pueblos de 7 estados de Estados Unidos.
Regadera

El examen mostró que 30% de esos aparatos albergaban niveles significativos de “Mycobacterium avium“, un patógeno ligado a las enfermedades pulmonares que suele infectar a las personas con problemas en su sistema inmunológico.

Concretamente, los microbios suponen una amenaza para las personas con sida o fibrosis pancreática, quienes se encuentran bajo tratamiento de cáncer o aquellos que se han sometido recientemente a una operación de trasplante de órganos.

El principal autor del estudio, Norman Pace, subraya que ducharse no debería ser peligroso “si no hay defectos en el sistema inmune”, pero sí “existe un riesgo asociado”.

Pace citó un reciente estudio del Hospital Nacional Judío de Denver, que va un paso más allá al sugerir que el aumento de las infecciones pulmonares causadas por esa bacteria en las últimas décadas podría estar relacionado con la costumbre de tomar más duchas y menos baños.

Estos microbios recubren con una fina película los agujeros que forman los cabezales de ducha, en una proporción de patógenos 100 veces superior a la que puede encontrarse en las aguas municipales corrientes, añadió Pace.

Según el autor, con la presión de la ducha y la dispersión en forma de aerosol, los patógenos quedan suspendidos en el aire y “pueden ser fácilmente inhalados hasta lo más hondo de los pulmones“.

“Si nada más activar la ducha, la cara se te empapa de agua, es probable que estés bañándote en una dosis particularmente alta de Mycobacterium avium”, advirtió.

El riesgo parece fácil de detectar, pero la solución no lo es tanto: según Pace, las técnicas científicas actuales son incapaces de detectar 99.9% de las especies de bacterias presentes en cualquier entorno.

Esas dificultades de análisis llevaron a Pace a desarrollar, en los años 90, una técnica genética que permitía tomar muestras de microbios de los cabezales de ducha, aislar y amplificar su ADN, y detectar así tipos particulares de patógenos.

“Hace mucho que los patógenos presentes en las duchas nos preocupaban. Pero hasta ahora no habíamos podido demostrar cuánto”, señaló.

El estudio no olvida ofrecer sugerencias para los más cautelosos: aparentemente, los cabezales de ducha metálicos ofrecen más resistencia a la formación de películas de microbios, por lo que son, según Pace, una alternativa “recomendable” frente a los de plástico.

Sin embargo, la dificultad de efectuar una limpieza profunda en los cabezales provoca que los microbios tengan tendencia a volver a aposentarse en ellos, incluso después de un tratamiento con lejía.

La coautora del estudio Laura Baumgartner señala como posible solución a esa persistencia de los patógenos el reemplazo semanal del filtro del cabezal, para aquellos que filtren el agua de la ducha.

También existe, según Baumgarter, una última alternativa más sencilla, aunque no apta para ecologistas y obsesionados con el ahorro de agua: olvidar el reloj, relajarse y disfrutar de un largo y caliente baño de espuma. EFE

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