Para Yanina Arias las noches se han vuelto silenciosas desde hace una semana que se fue de su casa. Confiesa que las cosas más simples como salir a tirar la basura, lavar su ropa, cocinar, ir al supermercado y comprar el gas, ahora le parecen un reto. Son siete días en los que no ha parado de llorar. Le cuesta trabajo levantarse y no ver a su mamá. Tardó 32 años en salir de la casa de sus padres y también de la estadística que marca que cinco de cada 10 jóvenes mexicanos no está pensando en tener su propio espacio simplemente porque se siente a gusto al lado de sus papás y tres de cada 10 que tomaron la decisión de independizarse terminan regresando al hogar paterno.

A los 36 años, Alejandra Pineda es diseñadora gráfica, gana 16 mil pesos y antes de irse a trabajar su mamá le prepara el desayuno.

Alejandra prefiere darle a su mamá parte de su sueldo y no gastarlo en la renta de un departamento. Dice que la situación económica es difícil y esa es la razón por la que vive con sus papás. “Puedo hacer lo que quiera y con eso me conformo, no siento la necesidad de irme”, dice.

La idea de “volar del nido” ha perdido poder de seducción entre los jóvenes maduros. La comodidad del hogar y la incertidumbre económica hacen que los treintones acoplen su vida a lado de sus padres, acotando su círculo de acción a un rincón cada vez más pequeño de vivienda.

Lejos quedó la idea setentera: “A la primer oportunidad, me voy”, porque al contrario, estos jóvenes despliegan un suculento repertorio de causas que justifican la demora. “¿Que por qué no vivo sola? ¿Sabes cuánto gano?”, pregunta Laura Suárez, de 31 años. “Para qué me voy si en mi casa vivo a gusto, es más, a mis papás ni los veo y puedo llevar a mi novia”, dice Ángel Sánchez, de 33 años. “Soy la que se hace cargo de mi mamá, ella nunca trabajó y yo mantengo la casa”, dice Adriana Cervantes, de 37 años.

Para José Antonio Pérez Islas, director de investigación del Instituto Mexicano de la Juventud (IMJ), la permanencia de los jóvenes en la casa paterna se ha vuelto común. Desde los años 50, los jóvenes se casaban y se iban añadiendo a la casa paterna, el típico segundo piso. “En México siempre se ha acostumbrado a la familia extensa el único problema es que ahora falta espacio porque siguen viviendo muchos, pero en departamentitos”, explica.

La permanencia en casa de los treintones no es un fenómeno mexicano. En Estados Unidos cerca de 18 millones de adultos entre los 18 y 34 años de edad viven con sus padres, según datos del 2000 de la Oficina del Censo de EU.

En México, la encuesta del IMJ revela que 50.7 por ciento de los jóvenes no han pensado en salir de la casa paterna porque se sienten a gusto con sus papás. Mientras que 36.7 por ciento que sale del hogar paterno regresa a vivir de nueva cuenta por: la terminación del periodo de estudios o trabajo, seguidos por el divorcio o la separación de pareja, la imposibilidad de mantenerse económicamente o por sentirse solos.

Para Islas hay dos grandes razones por las que un treintón sigue en la casa paterna: una, por cuestiones estructurales como empleo y vivienda, y la otra por problemas personales que tienen que ver con sentimientos de soledad.

Para Liz Basáñez, terapeuta cognitivo conductual, los treintones que se quedan en la casa paterna tienen menos tolerancia a la frustración. Esto quiere decir que tienen mayor dificultad para enfrentarse a la vida.

“Es una situación donde hay ganancias secundarias, por un lado los padres siguen teniendo control sobre el hijo y muchas veces ayuda económica y los hijos siguen con el apoyo de mamá para que les resuelva los problemas”, dice.

Liz Basáñez mantiene la teoría de que los treintones que viven con sus padres se evitan enfrentar demandas de la vida cotidiana. Laura Suárez de 31 años responde a ello: “Sí, en casa me protejo, pero también me crea un conflicto propio porque sé que otros jóvenes sí han logrado salirse y yo no. Me causa desesperación ver que gente de mi generación o más chica se independiza”.

Yanina en cambio sintió como si se hubiera lanzado a un abismo al salirse. “No tengo la protección de mis padres. Siento una gran nostalgia por mi familia y a la vez miedo, pero tengo que enfrentarlo”.
Lapsos largos de formación profesional

Para Islas la formación profesional es otra de las causas de retención en el hogar. “Los jóvenes que están terminando licenciatura buscan trabajo y al no encontrarlo regresan a la escuela, primero a titularse, después hacen maestría y vuelven a intentar emplearse, pero este es el proceso de transición más perverso porque arroja jóvenes de clase media y alta que nunca han trabajado”.

Entonces al no tener opciones para independizarse no les queda otra más que aguantarse y seguir con la familia, tal vez con menos restricciones que un adolescente, pero sí con muchas para desarrollarse, explica Islas.

Existe el caso donde los hijos se hacen cargo de sus hogares y de los padres a manera de herencia. “Aquí se revierte el asunto, los padres llegan a la casa de los treintones. Y es un fenómeno que tiende a recrudecerse porque las expectativas de vida son mayores pero la edad productiva es menor. Se estima que entre 2010 y 2030 los padres se conviertan cada vez más en una carga para los hijos”, dice.

Pero a Adriana Cervantes, de 37 años, no le pesa mantener a su mamá, lo hace con gusto. “Me siento como Tita, la protagonista de la película Como agua para chocolate, pero lo hago con gusto. Lo menos que puedo hacer por mi mamá es regresarle todo lo que me dio”, argumenta.

Ampliación del periodo juvenil

Los especialistas coinciden en que el periodo de juventud se extendió. Liz Basañez, terapeuta, piensa que se trata de un síndrome de Peter Pan, es decir, los jóvenes viven un proceso de adolescencia tardía y se niegan a crecer.

Mientras que para Antonio Islas, investigador social, la juventud termina hasta los 35 años.

“Ahora ves a un joven de 30 ó 35 años que se comporta como adolescente tardío que sigue en fiestas, no tiene hijos y no se ha casado y sigue viviendo con su familia”.

Asegura que las familias se han adaptado a vivir con treintones. “Los papás han aprendido a convivir con un adulto porque a pesar de todas las broncas en la única institución que se sigue confiando en México, es en la familia”. Cinthya Sánchez /El Universal

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